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La educación privada en México I


El tema de la Educación Privada en México, a mi juicio, es una realidad muy amplia y compleja, difícil de abordar de forma seria en pocas líneas. Sin embargo, compartiré una reflexión sobre este tema, iniciando por una breve síntesis histórica para ubicar el tema en su contexto.

Historia de la educación privada en México.

En la época prehispánica el sistema educativo mexica, se constituía de la siguientes manera, sigo al reconocido investigador Alfredo López Austin[1]:

La cultura mexica es conocida por ser una de las culturas mesoamericanas más organizadas y estrictas, en este sentido, la educación era una de las actividades primordiales, por lo que las personas desde temprana edad eran designadas por sus padres a las diferentes instituciones educativas existentes -de acuerdo a su origen, condición social y responsabilidades futuras- con la intención que los niños aprendieran a ser disciplinados desde pequeños para convertirse en buenos ciudadanos, guerreros, esposos o sacerdotes.

Las instituciones educativas, como prácticamente todo en el mundo mexica, giraban en torno a la religión, pero es importante diferenciar entre la educación impartida a los hijos de las clases privilegiadas de aquélla dirigida a los niños que representaban la mayoría de la población. En la sociedad mexica, existía la continuidad al linaje y a la especialidad familiar de trabajo, por lo que el desempeño de profesiones comúnmente se transmitía de generación en generación.

El sistema educativo mexica que se impartía en el calmecac o “hilera de casas” estaba dirigido a educar a los hijos nobles, los cuales estudiarían ciencias, artes y serían educados para ser sacerdotes y ocupar los más altos cargos de gobierno. Este tipo de educación era sumamente rigurosa y contaba con una disciplina por demás extrema. Fundamentalmente, la educación que recibían los niños en el calmecac era de carácter religioso, sin embargo, también se instruía a los niños en escritura, lectura, nociones básicas del movimiento de los astros, medición del tiempo, aritmética, historia, medicina herbolaria, botánica y zoología.

Existían también las escuelas conocidas como telpochcalli o “casa de los jóvenes” ubicadas en cada calpulli o barrio, donde los chicos de clases populares, conocidos como macehuales eran preparados especialmente en actividades militares. Estos niños también recibían enseñanzas religiosas, con fuertes penitencias y castigos, pero en realidad con una disciplina mucho menos severa que la impuesta en los calmecac porque sus responsabilidades futuras no tenían el mismo peso que el de los hijos de los pipiltin.

Por otro lado, los mexicas contaban también con una escuela específica para la enseñanza de música, danza, canto y cuestiones estéticas, conocida como cuicacalli o “casa del canto”, a la que eran enviados tanto niños como niñas que serían dedicados a estos artes y oficios relacionados siempre con cuestiones religiosas. De la escuela femenina o ichpochcalli tenemos pocas referencias, fray Diego Durán la describe como “la casa de doncellas”, donde las niñas vivían en constante penitencia, castidad y recogimiento.

Básicamente, en la sociedad prehispánica mexica, los padres decidían el futuro de cada uno de sus hijos y la figura de los adultos en general era muy respetada entre los jóvenes, ya que para ellos representaba experiencia, conocimiento y sabiduría. No había un solo niño mexica que no tuviera la obligación de ir a la escuela, la enseñanza se ofrecía a todos los miembros de la sociedad como un derecho y como una obligación comunal que se reforzaba a través de las creencias religiosas. Las escuelas no eran meras instituciones educativas, sino que eran además consideradas templos en donde los niños recibían la protección de los dioses tutelares hasta que salían de ellas para formar sus propias familias.

En tiempos de la colonia cuando los llamados preceptores se ocupaban de la educación individual de niños, niñas y jóvenes, la educación privada se limitó a clases particulares en casa, para su reseña sigo literalmente a Valentina Torres Septién[2].

Entre 1786 y 1817 se habían expedido decretos que exigían a la Iglesia que cumpliera con su obligación de abrir escuelas gratuitas de primeras letras, llamadas desde tiempo atrás «escuelas pías», no sólo en los conventos, sino en cada parroquia. El interés del Ayuntamiento era obvio, pues a través de esta instancia, la Iglesia ofrecía educación gratuita a los nińos sin recursos.

A partir de la expedición de las Cortes de Cádiz en 1812 la vigilancia sobre la educación quedó en manos del Ayuntamiento. Esta misma distribución de la responsabilidad educativa se continuó en las constituciones estatales del México independiente, promulgadas entre 1824 y 1827, lo que supone, por tanto, una larga tradición y vigilancia sobre todos los aspectos de la vida educativa, incluyendo a las escuelas particulares, cuyos dueños y clientela se encargaban de cubrir los gastos.

Las reformas llevadas a cabo por Valentín Gómez Farías en 1833 reiteraban la obligación que tenía la Iglesia para abrir escuelas de primeras letras en parroquias y casas de religiosos haciendo hincapié en que tenían que ser gratuitas, razón por la cual formaban parte del sistema público de educación.

El concepto de educación particular empieza a adquirir sentido más por razones de pertenencia a un estrato social determinado que sólo por cuestiones ideológicas. Los maestros particulares, que daban clases de baile, música o dibujo a domicilio – y que siempre habían existido- así como los ayos, dedicados a la educación de niños de la aristocracia dentro de sus propios hogares, hacia 1830 empiezan a abrir escuelas reforzadas con la llegada de maestros franceses para un alumnado capaz de sostenerlas, sin recibir ningún subsidio del gobierno. Estos establecimientos se consideraron entonces como escuelas privadas, en tanto que las de la Compañía Lancasteriana y las de los conventos y parroquias eran gratuitas y por lo tanto públicas. Esta distinción económica no las excluía de la vigilancia del Estado, en el sentido de que no podían enseñar nada contrario a la moral ni a las reglas del gobierno.

El crecimiento de la educación confesional fue considerable en la época porfirista; sin embargo, la política planificadora del Secretario Joaquín Baranda mantuvo el predominio del Estado y sus escuelas sobre la iniciativa privada; en l888 se promulgó la Ley de Enseñanza Obligatoria, aunque sólo el 33% de los nińos acudían a la escuela primaria. Los datos sobre las escuelas son contradictorios, aunque todos coinciden en señalar un predominio de las oficiales. Moisés González Navarro, basándose en un informe de la época, afirma que las escuelas del Estado representaban el 77% del total, dejando el restante 33% a las escuelas particulares.

La paz porfiriana permitió, en los inicios del siglo XX, el advenimiento de muchos grupos de religiosos y religiosas que abrirían las puertas de sus escuelas para convertirse en las escuelas particulares de mayor prestigio en el país. Lasallistas, jesuitas, maristas, salesianos, Religiosas de la Enseńanza, josefinas, Religiosas del Sagrado Corazón, Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado, teresianas, ursulinas, Salesas, Esclavas del Divino Pastor, entre otras. Un número muy considerable de escuelas confesionales se abrieron en muy poco tiempo. No existen datos precisos sobre este punto ya que las escuelas no tenían que manifestarse como religiosas o no, y tampoco se hacían encuestas periódicas y confiables. Sin embargo se puede afirmar que hubo un aumento de la educación privada a finales del porfiriato de escuelas que demostraron tener un gran arraigo en la población.

A fines del siglo XIX se fundaron algunas escuelas para extranjeros como el Colegio Americano en 1888, Colegio Alemán en 1892 y hacia mediados del siglo XX otros como el Liceo Franco Mexicano, El Colegio Israelita, los españoles fundados a raíz de la Guerra Civil Espańola como el Luis Vives, el colegio Madrid y más recientemente el Liceo Mexicano Japonés, y el Lancaster School.

La mayoría de estas escuelas se declaran instituciones no lucrativas, laicas y mixtas. En general, su metodología tiene fundamentos similares. Siguen los dos programas de estudios, el de español y el de inglés, utilizan libros de texto en español complementarios de los libros de texto gratuitos, y para el inglés emplean textos importados de Estados Unidos que son cambiados periódicamente de acuerdo con la evolución de los programas de ese país – entre tres y cinco años -.

En 1927 se fundó el Colegio Israelita de México con un programa que hacía hincapié en el idioma y la literatura idish, además del de la SEP. Fue la primera institución educativa de la comunidad ashkenzí que impartía cursos en idish, hebreo e inglés. El Colegio Hebreo Tarbut fue fundado en 1942 por la Organización Sionista de México, que no comulgaba con las ideas de los fundadores del Israelita. A raíz de la Segunda Guerra Mundial y del holocausto se fundaron otros colegios: la Escuela Israelita Yavné, el Colegio Hebreo Monte Sinaí, el Instituto Albert Einstein, el Taller Educativo Montessori Beit Hevaladin y el Centro Educativo Maguen David que muestran la pluralidad de posturas de este pueblo. En general la comunidad judía envía a sus hijos a realizar estudios superiores, a Israel, Europa o los Estados Unidos.

El año de l9l4 marcó una fecha definitiva en cuanto a la vida de los colegios particulares, fundamentalmente los católicos. Fue sin duda su año más difícil durante la etapa revolucionaria. Diferentes facciones, algunas anticlericales, acusaron a los religiosos, no sin razón, de apoyar al régimen de Victoriano Huerta, por lo que intensificaron la persecución de sacerdotes y montaron una campaña en contra de las escuelas que éstos dirigían; la lucha fue enconada, por lo que muchos planteles cerraron durante algunos años o desaparecieron definitivamente.

En la Constitución de 1917 el Estado ratificó el compromiso de otorgar educación primaria a todos los niños mexicanos, y de esta forma refrendó su papel como rector absoluto y proveedor de la educación. Sin embargo, continuaba abierta la posibilidad negociada de la existencia de escuelas particulares.

El artículo tercero no limitó la participación de los miembros de sociedades religiosas en su calidad de maestros. La única prohibición consistió en que corporaciones o ministros religiosos dirigieran o establecieran instituciones educativas. Sin embargo, esto último podía ser solucionado mediante ingeniosas maniobras, tales como crear sociedades de carácter civil para acreditar la procedencia de las órdenes.

El conflicto educativo entre Iglesia y Estado durante el periodo del presidente Plutarco Elías Calles de hecho se fragmentó en tiempos y demandas distintas, aunque la Iglesia lo define como uno solo. Durante más de una década se habló de persecución, se palpó el endurecimiento en la exigencia del cumplimiento constitucional de educación laica, y se legisló abundantemente en torno a la reglamentación del artículo educativo.

Las estadísticas de esos años señalan una disminución de planteles particulares contra los cuales se desató una verdadera persecución, mismos que sufrieron una gran deserción escolar. Los maestros religiosos vivieron años de constante sobresalto, las visitas de inspectores oficiales fueron cada vez más frecuentes y efectivamente sufrieron arrestos y clausuras. Un cronista llega a decir que en julio de 1926 se cerraron todos los colegios católicos en la ciudad de México, lo que da idea del impacto de estas medidas en la educación particular.

En los años del maximato (1928 – 1934) las ideas socialistas cundieron entre varios sectores. El tema educativo siguió siendo motivo de gran efervescencia ideológica y la idea de implantar un socialismo educativo se topó con un grupo contestatario que lucharía denodadamente en contra de esta disposición que finalmente se formalizó modificando el artículo tercero en 1934, mismo que implantó la educación socialista.

La Unión Nacional de Padres de Familia, más radical o menos política que la misma Iglesia, quien mantuvo una posición combativa en todo momento y que enfocó todas sus baterías para lograr la modificación del artículo tercero, misma que se logró en diciembre de 1946, y cuya redacción está vigente hasta la fecha.

El presidente Adolfo López Mateos en 1958 anunció la puesta en marcha de una reforma escolar que culminaría con lo que se conoce como «Plan de once años», primer esfuerzo de planificación educativa en México para incorporar a todos los nińos mexicanos a la escuela. El punto culminante de este Plan fue la idea de editar y distribuir libros de texto para todos los niños de la primaria, con el objeto de hacerla más democrática y que fuera efectivamente gratuita. El texto gratuito se convirtió en obligatorio, y la discusión que esto provocó alcanzó niveles alarmantes, sobre todo en las escuelas particulares.

El Estado mexicano logró imponer su uso obligatorio, mediante una posición de tolerancia con los particulares, de manera que fue posible el que se le utilizara como texto complementario en las escuelas particulares, muchas de las cuales lo tenían pero no lo utilizaban.

En 1973 se expidió la Ley Federal de Educación que en su artículo quinto estipulaba que el Estado conservaba el derecho de autorizar a los particulares la facultad de impartir educación; para este momento ya no hubo impugnaciones de la Iglesia, sino más bien un aliento a los esfuerzos de las autoridades educativas de los últimos años.

[1] López Austin Alfredo, Educación Mexica, Antología de Documentos Sahaguntinos, Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM, 1985

[2] Torres Septién Valentina, Educación Privada en México, Diccionario de Historia de la Educación en México, 2002